INDAGANDO SOBRE LA RESPONSABILIDAD AFECTIVA
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INDAGANDO SOBRE LA RESPONSABILIDAD AFECTIVA

El término responsabilidad afectiva está de moda. Pero, ¿de dónde viene?

Lejos de la generalización actual del concepto, se empieza a hablar de la responsabilidad afectiva durante los movimientos poliamorosos de Estados Unidos en los años 80. Aunque no empieza ahí el poliamor, sí lo hace la reflexión sobre éste como un vínculo lícito frente a lo normativo. Además, esta reivindicación se sumó al cuestionamiento de la cultura del consumo, que ha teñido las relaciones sexoafectivas de las generaciones de los 80, los 90 y los 2000.

El primer libro que habla de responsabilidad afectiva es Ética Promiscua de Dossie Easton y Janet W. Hardy, que data de 1997. Por otro lado, cabe destacar también la obra Amor Líquido de Zygmunt Bauman, publicada en 2003. Actualmente, son principalmente voces feministas como la filósofa y escritora Tamara Tenenbaum y la periodista y escritora Luciana Peker, quienes han retomado este concepto.

En cuestión de meses, las redes sociales han viralizado el término, que ya ha alcanzado la misma fama que otros conceptos que tuvieron una evolución similar, como el de “relaciones tóxicas”.

Responsabilidad afectiva.

Hablar de responsabilidad afectiva es hablar de ética e implica cuestionar los estilos de relación normativos en la sociedad. Es decir, supone hacerse cargo de que ser libres no significa que los demás no importen. Esto ocurre aunque sean personas con quienes nos relacionamos de forma circunstancial, efímera, puntual, etc. Por tanto, significa entender que nuestras acciones tienen consecuencias. Es un compromiso para establecer relaciones conscientes, simétricas, recíprocas y horizontales. De esta manera, prevenimos la dependencia emocional, los abusos de poder y, por supuesto, la violencia.

Y es que tomar conciencia y hacernos cargo de nuestras emociones, deseos y necesidades nos hace libres para elegir qué hacer, qué decir, qué actitud tomar y qué camino seguir. Sin embargo, la libertad conlleva una gran responsabilidad y eso asusta. Día a día, nos movemos de puntillas buscando el equilibrio entre la incertidumbre y la certeza, lo misterioso y lo conocido, la aventura y la estabilidad, la distancia y la cercanía. Reivindicamos la libertad afectiva pero ésta requiere cuidados, respeto, consideración, contención, autenticidad, empatía y honestidad.

No somos objetos que podamos consumir y descartar. Somos personas, con derecho a elegir cómo queremos vivir, con quién queremos compartir nuestro tiempo, nuestro cuerpo, nuestra intimidad, de qué forma y hasta cuándo. Y eso, a veces, supone desencuentros dolorosos. Pero una cosa es que un vínculo se rompa porque se llega a la conclusión de que ya no se quiere lo mismo, y otra, es ser cruel.

Entonces, ¿cómo se es responsable afectivamente?

  1. Hablando, acordando y cooperando: el principio básico de la responsabilidad afectiva es la comunicación. Para que la comunicación sea efectiva, nuestro lenguaje verbal y no verbal deben coincidir. De esta forma, no se generarán contextos basados en expectativas que no se corresponden con la realidad. Ser claros sobre lo que queremos (incluso aunque lo que comuniquemos es que no sabemos lo que queremos) en una relación es el primer paso para que la otra persona decida si se queda o se va. Si se queda, será porque está de acuerdo en el tipo de vínculo que ofrecemos. Si no se queda, será posible para ambos cerrar aquello que se haya despertado en la relación, dándole valor y un hueco en nuestro recuerdo libre de sentimientos de engaño, traición o estafa. Esto aplica a todo tipo de vínculos: de pareja, de amistad, laborales, etc.
  2. Siendo asertivo y empático: Para que los demás puedan escucharnos, el clima debe ser de respeto y calidez. Sólo así nos aseguramos que la otra persona no se cierre ni se ponga a la defensiva y nos sentiremos escuchados, vistos y registrados. Decir lo que sentimos y lo que queremos en una relación puede ser difícil y doloroso si no concuerda con lo que quiere la otra persona. Por ello, cuidar el cómo decimos las cosas es fundamental. Ser asertivo supone hablar de forma lo suficientemente clara para que llegue nuestro mensaje pero lo suficientemente cuidadosa para no herir ni resultar agresivo.
  3. Haciéndonos cargo sólo de lo propio, pero responsabilizándonos de la parte que tiene que ver con nosotros: Somos responsables de lo que sentimos y de lo que hacemos con ello. Cuando hay un desencuentro, inevitablemente la otra persona va a experimentar emociones desagradables (quizá también nosotros, en mayor o menor medida). Estas emociones tendrán que ver con su historia y su proceso, al igual que las tuyas tienen que ver con los tuyos. No eres responsable de lo que sienta el otro. Eres responsable de cómo te comportas frente a él, de cómo le dices las cosas, de si has propiciado que haya confusión respecto a lo que estaba ocurriendo en la relación, de si no has puesto límites que eran necesarios. Esto es lo que tienes que revisarte, pero es tarea de la otra persona revisar aquello que tenga que ver con ella.

¿Cuáles son los límites de la responsabilidad afectiva?

¿Tenemos que ser siempre responsables afectivamente? Si no lo somos, ¿nos convertimos en malas personas? Si todo lo acordamos previamente, ¿dónde queda la espontaneidad en las relaciones? Todas estas son preguntas que pueden venirnos a la cabeza al hablar de responsabilidad afectiva. De hecho, son preguntas que muchas personas se hacen y sobre las que aún se está reflexionando en la profesión y en la sociedad. Y es que este término está aún en desarrollo y no sabemos hacia dónde va a dirigirse en los próximos años.

En todo caso, quizá sería de ayuda dejar a un lado cualquier juicio de valor para poder reflexionar con honestidad sobre cuándo somos responsables afectivamente y cuándo no. Explorar qué nos pasa cuando cuidamos al otro y qué nos pasa cuando no. Debajo de nuestras acciones puede haber miedo a la confrontación, falta de habilidades, vergüenza… También puede ser que no queramos ser cuidadosos en algunas situaciones, como por ejemplo, cuando ya hemos explicado nuestra postura y no se está respetando. O, quizá, en algunas ocasiones no seamos capaces de hacerlo porque se activa nuestro modo supervivencia y reaccionamos de forma automática para protegernos. Las opciones son múltiples.

La responsabilidad afectiva no es la respuesta ni la solución a todos los problemas relacionales, pero nos invita a posicionarnos en un rol de cuidado y afecto en nuestra vida. Se trata de evitar el sufrimiento extra y de validar y valorar aquello que se ha tenido o compartido, ya sea una noche, dos meses o cinco años.

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Referencias bibliográficas:

Bernal, N. (2020, 4 febrero). Tenemos que hablar de responsabilidad afectiva: para querer y querernos mejor. Malvestida. https://malvestida.com/2020/02/responsabilidad-afectiva-que-es-y-tres-tips/

Mammoliti, M. (Presentador). (2021, 5 agosto). Responsabilidad afectiva (Núm. 33). [Episodio de pódcast de audio]. En Psicología Al Desnudo – @psi.mammoliti. https://open.spotify.com/episode/1zOTmsm7kFzw2wBhoeKRA0?si=uCBZ-3sVTwSrxrTp2klSPw&dl_branch=1

Mántaras, P. (2021, 23 julio). Responsabilidad afectiva: hacia un amor consciente. Revista Galeria – Montevideo Portal. https://galeria.montevideo.com.uy/Revista-Galeria/Responsabilidad-afectiva-hacia-un-amor-consciente-uc792814

Roffo, J. (2019, 20 octubre). «Responsabilidad afectiva»: cuáles son los códigos de las personas que quieren tener relaciones abiertas. Clarín. https://www.clarin.com/sociedad/-responsabilidad-afectiva-codigos-personas-quieren-tener-relaciones-abiertas_0_v76ueiXn.html

Rodríguez, N. L. (2015, 3 agosto). «Ética promiscua»: guía práctica para putones con ética. La Huella Digital. http://www.lahuelladigital.com/etica-promiscua-guia-practica-para-putones-con-etica/


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