SÍNDROME GENERAL DE ADAPTACIÓN DE SELYE.
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SÍNDROME DE ADAPTACIÓN DE SELYE: CUANDO EL ESTRÉS NOS AGOTA.

El síndrome de adaptación de Selye describe las reacciones de nuestro cuerpo ante el estrés.

En posts anteriores hemos visto que el estrés es una respuesta fisiológica normal que nos proporciona energía para hacer frente a los cambios  (puedes leer los artículos Diez datos sobre el estrés y Síndrome Post-vacacional: ¿normal o patológico?). Pero si esos cambios son nocivos, muy frecuentes o duraderos, podemos llegar a agotarnos tanto física como psicológicamente. Hans Selye (1907-1982), prestigioso psicofisiólogo vienés, observó que el cuerpo manifiesta una respuesta general, estereotipada y universal, ante agentes nocivos (a los que llamó estresores). A esta respuesta le puso el nombre de síndrome general de adaptación (SAG).

Podemos distinguir tres fases, en función de la duración del estrés: alarma, resistencia y agotamiento.

El SAG consta de tres fases, si bien no siempre se pasa por todas ellas. De hecho, lo ideal es que no se llegue hasta la fase de agotamiento, sino que el estresor desaparezca o le hagamos frente antes. Estas fases son:

  • FASE DE ALARMA O DE SHOCK: ante una situación o estímulo que altera nuestro equilibrio, nuestro cuerpo se queda paralizado inicialmente (estado de shock), para justo después tener un repunte de activación y energía, pasando a un estado de hiperconsciencia o hiperalerta. Podemos notar taquicardia, sudoración y otros síntomas inespecíficos.
  • FASE DE RESISTENCIA: Si el estresor persiste o aparece de forma intermitente, nuestro cuerpo no puede seguir haciéndole frente con la sobreactivación de la fase de alarma. Por ello, la activación se estabiliza y alcanza un nivel prácticamente normal, pero aún excediendo los recursos disponibles.
  • FASE DE AGOTAMIENTO: Si el estresor se sigue prolongando o repitiéndose, los recursos de nuestro cuerpo pueden llegar a agotarse y nos es más difícil adaptarnos, es decir, el estrés deja de cumplir su función principal. Si llegamos a esta fase, podemos encontrarnos con una mayor vulnerabilidad a las enfermedades y a los síntomas psicopatológicos. El estrés puede estar relacionado o influir en la aparición de brotes de alguna enfermedad, en la aceleración del envejecimiento, en el desarrollo de síntomas como insomnio, aumento de la ingesta, falta de concentración, e incluso en la tendencia a magnificar los estresores, ante las dificultades para adaptarnos a ellos tanto física como psicológicamente.

Tras las fases de alarma y de resistencia, nuestro cuerpo vuelve a su estado normal cuando el estresor desaparece. Si llegamos a la fase de agotamiento, aumenta nuestra vulnerabilidad física y psicológica.

En la mayoría de los casos, cuando el estresor se resuelve o desaparece, nuestro organismo vuelve a su funcionamiento normal, sin que aumente nuestra vulnerabilidad para desarrollar síntomas físicos o psicológicos. Por ello, es importante pedir ayuda en cuanto notemos que alguna circunstancia nos está sobrepasando y no esperar a que ésta se haya enquistado. Además, aunque pueda parecer obvio o repetitivo, es fundamental que desarrollemos estrategias para prevenir llegar a la fase de agotamiento y para afrontar los estresores que puedan aparecer. Estas estrategias se basan tanto en el autocuidado (sueño, alimentación, ejercicio), como en las relaciones con los demás (familia y amigos), entre otras.

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Bibliografía:

Bértola, D. (2010). Hans Selye y sus ratas estresadas. Medicina Universitaria,  12 (47), 142-143.

Camargo, B. S. (2004). Estrés, síndrome general de adaptación o reacción general de alarma. Revista Médico Científica, 17 (2), 78-86. Recuperado de www.revistamedicocientifica.org/uploads/journals/1/articles/103/…/103-370-1-PB.pdf

Ocaña Méndez, M. C. (2008). Síndrome de adaptación general. La naturaleza de los estímulos estresantes. Escuela Abierta 2, 41-50.


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